jueves, mayo 14, 2009

Felix Arbolí, Yolanda, nuestra heroina

jueves 14 de mayo de 2009
Yolanda, nuestra heroína

Félix Arbolí

H AY veces que tengo un tema rondándome en la mente para escribir y las circunstancias me hacen cambiar de rumbo. Esta semana iba a comentar sobre nuestra política y sus depredadores, aunque no me guste tratar tan manido tema que ya cansa y tiene excelentes cronistas, pero hay veces que ante la detestable actividad de nuestros gestores uno no tiene más remedio que olvidar sus propósitos y saltar a la palestra para hacer uso del derecho al pataleo que es el único que se nos permite. Y como el hombre propone y las circunstancias imponen, he decidido comentar el impactante artículo de nuestra compañera YOLANDA SALANOVA. Me ha parecido lo más correcto y obligado por mi parte, a pesar de no tener el placer y el honor de conocerla personalmente, pero sí la oportunidad de descubrir su extraordinaria nobleza de sentimientos y su sorprendente serenidad ante las adversidades. Me ha causado auténtica admiración su resignación y conformidad con la que nos habla de la enfermedad y muerte de su marido y el proceso grave sufrido por su hijo Juan, compañero asimismo en estas páginas, a quien aprovecho esta ocasión para enviarle un entrañable saludo. Había una frase del famoso padre Peyton, en sus jornadas para promocionar el rezo del rosario en familia, que mi madre seguía a rajatabla, que aseguraba “La familia que reza unida, permanece unida”. En este caso concreto podríamos decir que “ la familia que sufre unida, permanece aún más unida”, porque el dolor se hace solidario cuando le acompaña el amor.

La vida y los actos del hombre son complejos y difíciles de predecir y hay años y etapas que quisiéramos borrar del calendario, o mejor saltárnoslo como si fuera un obstáculo en nuestra carrera existencial. Yo tuve el año pasado cinco ausencias, algunas difíciles de superar, y sé lo tremendo que es vivir con el recuerdo y el vacío de esa persona a la que ya no veremos jamás. Es entonces cuando nos damos cuenta del hueco que dejan en nuestra vida y la necesidad que teníamos de ella. Pero ninguna de las mías, por muy sentidas y dolorosas que fueron, puede compararse a la que ha sufrido Yolanda. Creo que en su caso no hubiese podido tener su ejemplar acatamiento y capacidad mental para escribir un artículo tan conmovedor y aleccionador, sin reproches ni protestas encubiertas. Tan lleno de amor divino y humano y tan cargado de valor ante la tragedia. Me ha sobrecogido y me ha emocionado porque me ponía en su lugar y casi vivía esos momentos en cada palabra, frase o reflexión. ¡Dios me conceda ser el primero en la partida y así ahorrarme el enorme sufrimiento de ver desaparecer a la que más amo en esta vida!. Que cretino somos los que nos enojamos y sublevamos por ese tropiezo sin importancia y no aprendemos de los que hasta en el mayor sufrimiento saben marcarnos el camino de la dignidad y demostrarnos la fuerza del amor en sus más altos niveles. En el silencio elocuente del que sabe tragarse sus lágrimas y beber las del ser amado, como nos contaba en su conmovedor relato, en ese instante indescriptible, tremendamente trágico, en el que sólo un leve soplo de vida les mantenía unidos. Un beso cargado de emoción y un “Te quiero”, casi sin voz, despidieron los últimos instantes de su existencia y recibieron su recién estrenada eternidad. .

. Vivimos inmerso en un mundo donde nadie sabe qué hacer la mayoría de las veces y mucho menos donde estaremos al día siguiente. Sólo podemos contar con el presente, el instante de cada momento y normalmente lo despreciamos haciendo cábalas para un futuro que no sabemos si tardará en llegar o está a la vuelta de la esquina. Desperdiciamos la mitad de nuestra existencia persiguiendo un ideal y la otra mitad añorando el pasado, convencidos de que tanto esfuerzo, tanta lucha y tanta ilusión gastadas no han servido para nada. Y hemos perdido los mejores años de nuestra vida persiguiendo una quimera. Pero hay personas íntegras, honestas y comprometidas con una serie de valores fundamentales que pasan por este mundo y dejan una huella imborrable, no sólo en el plano familiar, sino en el de todos cuantos han tenido la suerte de conocerlos y tratarlos. Los que convirtieron sus cinco denarios en miles de acciones y detalles que les hicieron inmensamente ricos y afortunados a lo largo de sus vidas y partícipes de esta fortuna a los que convivieron con ellos. Son los predestinados por Dios para que den testimonio de su existencia y grandeza con la fuerza de su fe. Mi padre fue uno de ellos y el marido de nuestra querida compañera, ha sido otro privilegiado. Tuvieron la fortuna de pasar por este mundo dejando una huella imborrable de nobleza, dignidad y buen hacer, según lo describe en su artículo donde le llama héroe, así como a sus dos hijos, también excelentes y admirables compañeros. No he podido dejar de pensar en su drama y su entereza durante todos estos días y he llegado a la conclusión de que la verdadera heroína de esa historia ha sido ella, por su generosidad como esposa y como madre, su capacidad para absorber las penas antes de que les salgan convertidas en lágrimas y evitar un mayor sufrimiento a sus hijos, aunque para ello su corazón altere los latidos y parezca que va a romperse en mil pedazos. Tuve la desgraciada experiencia de este encubrimiento del dolor en la viudedad de mi madre antes de los cuarenta años, con cinco hijos a su costa y en los últimos años de la guerra.

Tu artículo mi querida compañera me ha llegado al alma y me la has conmovido hasta hacerme sentir tu tragedia como propia. Has demostrado ser una mujer llena de la gracia de Dios y te lo digo sin recovecos, tal como me lo inspiran los ojos del alma, que nunca se equivocan, mientras releo tu escrito. Pero aparte de tu tragedia, que es de esas que rayan nuestros sentimientos y nos hacen hipersensibles y vulnerables a la emoción, me ha sorprendido tu ejemplar entereza al relatarla. Asombrosa tu manera de describir el infierno que has sufrido y sufres sin la menor protesta, queja o rebeldía. Haciendo un balance positivo de la tragedia al exponer la calidad moral de esos dos hijos en los que te apoyas y te alientan, aunque no estén exentos de su propio infortunio. Edificante cuadro familiar que sólo personas muy especiales y de acreditado valor son capaces de asimilar y soportar dignamente. Vives tu desgracia personal como si te hallaras en la antesala de esa gloria que ya tienes ganada, porque lo aceptas bajo la perspectiva que te da esa fe, que en tu caso si es capaz de mover las montañas de nuestra solidaridad y hacernos vibrar en cada una de tus palabras tan llenas de amor y saturadas de tristeza. Magnífica y extraordinaria manera de aceptar y exponer tanto dolor en ese impresionante relato, que ninguno de los que lo hemos leído quisiéramos experimentar, pero sí compartir contigo.

Dios te ha tocado, como dice Paloma Gómez Tablas, y eres un ser de los que Él elige para que puedan dar testimonio de su amor y de su benéfica influencia. Envidio tu fe, tu serenidad en la tragedia, tu conformidad ante la ausencia de ese ser tan excepcional que llenaba tu vida y la valentía que has demostrado en tan grave adversidad sin dejarte vencer por la impotencia y la desesperación. Te felicito por haber conseguido crear esa familia tan unida y llena de solidaridad. Algo insólito en estos días donde el egoísmo, la envidia, la indiferencia y el nulo respeto, constituyen la base familiar o algo que se le parezca.

Todos sin excepción hemos fracasados en algunos de nuestros empeños, pues si nos detuviéramos a pensar lo soñado y querido y la realidad de lo conseguido, nos daríamos cuenta que somos unos despistados y anónimos pasajeros embarcados en un viaje a ninguna parte. Sólo el que ha sido capaz de valorar lo mucho o poco que tiene, el que ha aceptado su vida como un tránsito más o menos largo hacia un mundo mejor y el que ha vivido de acuerdo con una serie de normas éticas y morales y unos firmes principios religiosos, muere con la conciencia tranquila y el respeto y amor de los que compartieron su existencia. Y esto constituye la mejor herencia y la huella más profunda que podemos dejar a los que se quedan en este laberinto de despropósitos. La imagen más firme que tengo de mi madre es su serenidad, la limpieza y ternura de su mirada y esa bendición que no llegó a terminar en el momento que Dios la arrebató de nuestras vidas. De mi padre solo maravillosas referencias, pues sólo tenía cuatro años cuando murió. Tú y tus hijos habéis podido sentir esa triste y gloriosa sensación y estoy seguro de que será el recuerdo más firme y hermoso que os acompañará a lo largo de vuestras vidas.

http://www.vistazoalaprensa.com/firmas_art.asp?id=5189

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