miércoles, junio 25, 2008

Carmen Planchuelo, Fuegos de San Juan

jueves 26 de junio de 2008
Fuegos de San Juan

Carmen Planchuelo

A QUELLA noche le tocaba librar, por fin después de semanas y semanas de turnos que no parecían tener fin, una noche libre. Pensó que en cuanto pudiera se iba a meter en la cama y allí quedarse durante horas, le daba lo mismo todo lo demás, tenía que dormir alguna vez pues por muy en forma que uno esté, el sueño puede con todo. Eso pensaba, pero como el hombre propone y Dios dispone, en este caso el supervisor, sus ganas de hacer horas y mas horas en la cama quedaron en eso, en ganas y después de una ducha fría y un café bien negro, emprendió de nuevo el camino hacía el sur, donde cumpliría el servicio que le habían encomendado a última hora. Tampoco era la primera vez que esto pasaba, en ese trabajo uno no podía hacer planes muy fijos, de ahí su escasa vida social.

Mientras conducía le gustaba escuchar música, como boleros, tangos o románticas de nueva hornada, se sumergía en ella, tarareaba las melodías. Bueno -pensó- al menos iba a ser un trabajo agradable y al aire libre, cosa siempre de agradecer al menos en las noches veraniegas. “No te preocupes, le dijo su jefe, se trata de pasearte por la playa y vigilar que el personal se comporte, que no se salgan de madre, ya sabes que las autoridades quieren que la zona siga siendo tranquila y no ahuyentar al turismo de clase. Sí claro, pensó, además si algo pasaba para eso estaba la policía, el se limitaría a ir de arriba abajo y si alguien se desmandaba pues con avisar a la autoridad, todos tranquilos.

La playa era inmensa, tan enorme que por mucha gente que se concentrara en ella siempre parecía que había poca, y bueno, paradójicamente aquella noche, la de San Juan, estaba bastante desierta, a lo lejos se oí el sonido de la macrofiesta de uno de los locales de moda al que al parecer había acudido la mayor parte de la gente. Mejor, se dijo para sí, así está mas bonita la playa, tan sólo unas pocas hogueras, el rumor del mar y el chisporroteo de las estrellas.

Tamarán era un hombre romántico, demasiado para lo que se estila en nuestros días y sobre todo demasiado para ser lo que se suponía que tenía que ser: un duro vigilante de la tranquilidad de los demás. Y el procuraba no defraudar, de ahí su ceño serio, la mirada a veces fría, el aire marcial de su paso, la fuerza de sus músculos que se escapaba por las mangas de la camisa del uniforme, Tamarán era lo que se dice un chicharrón en plena forma, además de muy guapo, ese tipo de hombre que a las mujeres nos despierta los sentidos sin control, nos hace latir el corazón y que al mirarlo lo que sentimos son unas inmensas ganas de caer en su radio de acción, por decirlo de una forma discreta. A nadie, y menos a los de su entorno, se le hubiera ocurrido pensar que el corazón se el derretía mirando la noche, que su entretenimiento preferido era la poesía: leerla y componerla, cuando podía se refugiaba en su habitación de paredes color vainilla y allí escribía lo que su corazón le dictaba: sueños, penas, ilusiones. Componía mundos donde el amor y la pasión convivían con la muerte y el desengaño. Se ensimismaba con los versos de los demás y como quien comete una falta, escondía tanto lo que leí como lo que escribía, eran sus pequeños tesoros que con nadie quería compartir, aunque también tenía claro que nadie estaba interesado en compartirlos con él, menuda cara hubieran puesto si supieran de su afición a la lírica, no, mejor dejarlo así y que nadie lo supiera. Tamarán era tímido, asustadizo con unos miedos difíciles de definir, quizás nacidos de los terrores de la infancia, quizás de la dureza de su profesión, quizás se había confundido de época, de tiempo... ¿desentonaba? Sí, eso lo sabía bien pero no quería que los demás lo notaran, no es agradable ser un marginado, y el distinto termina siéndolo.

Durante horas y más horas recorrió la playa, vio ponerse el sol tiñendo de rosa el cielo y de brillo dorado el mar, contempló el instante mágico en que el sol se hundió en el océano y pensó que muy lejos, en la otra orilla, quizás alguien como él asistía al viaje solar, pero a la inversa. Asombrado observó la aparición de la primera estrella y después una tras otra hasta que todas hicieron presencia escoltando a la Luna que esa noche salió más tarde que nunca. La playa se pobló de puntos de luz: las hogueras de San Juan, unas muy cerca de la orilla del mar, otras ocultas entre las dunas pero de todas se desprendía una atracción difícil de resistir, lo que hubiera dado por mezclarse con aquella gente que saltaba sobre el fuego y después para compensar corría a sumergirse en las aguas. Las hogueras le traían recuerdos de su infancia, cuando su abuelo Julián le contaba cómo en su juventud había sido un experto saltador del fuego y le decía “cuando seas mayor tú también lo harás, y veras como enamoras a las chicas”... que cosas, él se había hecho mayor pero aún no había saltado ninguna hoguera y en cuanto a eso de enamorar a las chicas tampoco es que pudiera presumir de ello, se había cerrado muy pronto las puertas de la conquista.

La playa estaba tranquila, cada cual estaba a su propia diversión, el fuego purificador parecía haber alejado todo mal espíritu, ni una bronca, ni una pelea. La noche era muy clara e invitaba a la charla en torno al fuego, a beber en compañía a entonar alguna canción rasgueando la guitarra. Cuando llegó ya por cuarta vez en la noche al punto más lejano de su ronda, se dio la vuelta y vio una pequeña hoguera en la que antes no había reparado, ¿estaba allí antes? Sí, claro tendría que estar pero la verdad es que no se había dado cuenta. Junto a la hoguera había un trozo de tronco a modo de banco. Era un tronco curioso: verdoso por las algas pegadas que se mezclaban con pedacitos de conchas y caracolas, mejillones diminutos en racimo. Seguro que hasta allí lo había arrastrado la corriente. Se inclinó un poco pasó la mano por la superficie, estaba seco y la parte de las algas era suava y mullida, ay Señor la tentación fue mayor que todo lo demás y Tamarán pensó que después de tanta caminata bien se podía dar un corto descanso junto al fuego, no tenía frío pero la humedad poco a poco le había empapando la camisa del uniforme, no le vendría mal sentarse un rato, descansar y secarse la ropa mojada.

Las llamas son hipnotizadoras –pensó- parecen mujeres de fuego en plena danza, que bellas son, y que calor tan grato. ¿Habría mujeres así en algún rincón del mundo?. Su corazón le dijo que sí, que en alguna esquina perdida del universo existirían esos seres de fuego y luz. Durante un momento no vio mas que el rojo de las llamas, sus lenguas amarillas que devoraban lo que quedaba de las ramas y troncos quemados, el chisporroteo del fuego se mezclaba con el batir de las olas y el frufrú de la espuma.

Cuando tiempo después quiso reproducir en su cabeza lo que ocurrió aquella noche, no pudo hacerlo con total fidelidad, sólo recordó, que mientras se calentaba las manos a la vera del fuego, aparecieron otras a su lado, unas manos más pequeñas pero igual de morenas que las de él y que en un instante cogieron las suyas. Pero bueno ¿qué estaba pasando?, ¿cuándo había aparecido aquella mujer que sentada a su lado, se calentaba en la misma hoguera y le acariciaba?, ¿tan absorto estaba que no la había visto acercarse?, ¿el cansancio le estaba jugando una mala pasada?, ¿se habría quedado dormido?, ¿era un sueño?... Hombre que no, se dijo así mismo mientras oía que la mujer empezaba a hablarle sobre lo bella que era la noche, de las cosas que sólo ocurrían cuando se encendía el Fuego de San Juan. Hablaba y le envolvía en sus palabras. Anda ven, le dijo ella, tiéndete aquí junto al fuego y mira solamente al cielo. Y eso es lo que hizo Tamarán: perder su mirada en la negra noche y sentir que su cuerpo se enervaba por las caricias de la mujer que poco a poco se hicieron mas audaces-aunque tiernas- y le envolvieron en un fuego que brotaba de su interior. Se sintió desnudado con mimo y pericia, sus sentidos dormidos despertaron del largo letargo en el que estaban sumidos. Invento caricias nuevas para la mujer que le regalaba su risa, el calor de su cuerpo, el sabor dulce de su boca y el salado de su sexo. A veces ella le hablaba y le contaba historias desconocidas sobre la magia de las plantas o las leyendas del coral, le advertía sobre el engañoso canto de las sirenas pero le animaba a creer en las hadas, en las magas y en los elfos. El la oí y guardaba estas cosas en su corazón. Las seductoras palabras se iban mezclado son el sudor de sus cuerpos con el sonido del mar y el crepitar del fuego.

Tamarán perdió el sentido del tiempo, nunca pudo saber si aquello duró minutos, horas, años pero jamás olvido el roce de sus pieles pegadas una a otra, la lengua juguetona de la mujer que con paciencia infinita no dejaba hueco sin explorar, ni la explosión de placer que sintió cuando se sintió profundamente parte de ella y allí se quedo disfrutando de cada movimiento que su extraña compañera le iba marcando: una veces suave otras más agitado pero siempre acoplado a su propia pasión. Una danza que jamás había bailado. Y si ella le deleitaba con tantas caricias desconocidas, él no se quedó atrás, toda su creatividad, de la que nacían versos en letras rojas, la volcó en dar todo el placer posible a la que sin saber cómo había surgido frente a la hoguera, ¿o había nacido de ella, de ese fuego bailarín?, que mas da- pensó-, está aquí es mía, es lo que soñé y nunca tuve, es el viento que acaricia mi pelo, es la lluvia que me moja, es el deseo colmado que presentí existía y nunca tuve. Entonces ella, le dijo que la noche pronto daría a su fin y aún no habían cumplido con el rito del fuego.

-“Ven, dame la mano y salta la hoguera conmigo”.

Y él obedeció, se levanto, le dio la mano y juntos retrocedieron unos pasos para tomar impulso y saltar sobre el fuego. En ese instante mágico del vuelo sobre las llamas, Tamarán perdió todos sus miedos y terrores, el calor del fuego encendió su corazón y llenó de luz su mente. Por un momento fue aire con el aire, fuego con el fuego y dejó arder todo lo viejo y sobrante de su vida. Al aterrizar de nuevo en la arena y encontrarse al otro lado vio que estaba solo, de la mujer solamente quedaban los restos de la verbena que llevaba prendidos en el pelo y la presión de su mano, junto con su olor. Tamarán sonrió y comprendió. Se sintió inmensamente feliz, ligero y con las hojas de verbena guardadas entre la camisa y pegadas al corazón, inició de nuevo su ronda por la playa.

Un punto de luz rompió las tinieblas de la noche y anunció el nacimiento de un nuevo día, el de San Juan.


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