miércoles, abril 30, 2008

Samuel Gregg, 1968, el año en que murió la "Vieja Europa"

jueves 1 de mayo de 2008
XVI CONTRA EL CONSENSO INTELECTUAL EUROPEO
1968, el año en que murió la "Vieja Europa"
Por Samuel Gregg
Algunos la describen como la generación más radical de la historia. Otros lo consideran el grupo etario más autoindulgente de Europa. El debate sobre el significado de la generación del 68 en Europa seguramente empezará en el mes de mayo, marcando el cuadragésimo aniversario de las revueltas estudiantiles de 1968 que cambiaron la faz de Europa Occidental, quizás para siempre.
Para los europeos, 1968 se asocia invariablemente a la agitación estudiantil que sacudió a sociedades enteras ese año, poniendo de rodillas al gobierno de Charles de Gaulle. Irónicamente, De Gaulle debió en parte su supervivencia a la desgana del Partido Comunista francés a la hora de apoyar a los estudiantes porque resultaba que una revuelta estudiantil no concordaba con la visión de los camaradas sobre cómo derrocar al capitalismo.
Las motivaciones de los estudiantes eran complejas y no siempre particularmente racionales. En Alemania, algunos se sentían afectados por el beneplácito de sus padres con el nazismo. Otros, menos nobles, estaban guiados por ideologías neomarxistas y anarquistas.
Aunque 1968 no sirvió para derrocar a ningún Gobierno, sí fue el inicio de la larga marcha de los sesentayochistas por las instituciones de Europa Occidental. En las universidades, los sesentayochistas establecieron una dominancia que perdura hoy en día. Esto ha convertido a muchas universidades de Europa Occidental en regímenes cuasi estalinistas de corrección política izquierdista, reduciendo la verdadera vida universitaria a cenizas.
El daño a la cultura de Europa occidental ha sido incalculable. Lo vemos en la incapacidad de muchos europeos a la hora de condenar el marxismo. Mientras que el fascismo es acertadamente condenado, la actitud de muchos europeos es de total indiferencia ante una ideología que mató a millones de personas y que destruyó economías enteras.
Luego vino la exitosa resistencia a las iniciativas de poner en el borrador de la Constitución Europea el simple hecho de que el cristianismo fue la fuerza religiosa decisiva en la formación de la identidad europea. Ese rechazo es equivalente a decir que el islam ha sido irrelevante en la fundación de Arabia Saudí. Una civilización está en apuros cuando sus instituciones públicas se entregan a la negación histórica.
No todo en la Europa de antes de 1968 era bueno. Sin embargo, la herencia de los sesentayochistas ciertamente contribuye al pesimismo y al cinismo que surge rutinariamente en las encuestas sobre las actitudes de los europeos occidentales contemporáneos acerca de, bueno..., acerca de todo.
Ha sido especialmente dañino el asentamiento de la "hermenéutica de la suspicacia" –la tendencia a ver la expresión de una idea siempre como un intento de disfrazar los intereses de poder supuestamente servidos por esa idea– como la posición por defecto de la vida intelectual europea. Una vez que una cultura comienza a inculcar una suspicacia hacia sí misma tan extrema, la implosión no queda muy lejos.
La crítica a estos progresos es rara dentro de Europa. No obstante, una persona sin miedo a desafiar esta situación es el Papa académico, Benedicto XVI. Ratzinger está íntimamente familiarizado con los sesentayochistas. Él fue testigo directo de sus andanzas mientras enseñaba teología en la universidad de Tubingen en 1968. En su libro Memorias (1998) recordaba cómo "la revolución marxista enardeció a la universidad entera con su fervor, estremeciéndola hasta sus cimientos".
El entonces profesor se sentía especialmente perturbado al ver cómo las categorías marxistas se iban trasplantando encima de los conceptos cristianos, con el partido asumiendo el lugar de Dios y con el cristianismo trivializado en el empeño de materializar el cielo en la tierra a cualquier precio. Pero en lugar de dedicarse a librar una anticuada guerra cultural, el desafío de Benedicto XVI al consenso de la Europa post 1968 ha sorprendido a muchos.
Primero, Benedicto XVI trata a quienes le escuchan como adultos con una capacidad de atención que supera los veinte segundos. Quizás eso explica por qué Benedicto XVI congrega a miles de personas que acuden a escucharle la mayor parte de los miércoles a la Plaza de San Pedro.
En segundo lugar, Benedicto XVI encara los temas serios con una claridad que penetra a través de la estereotipada fraseología vacía de las clases políticas de Europa Occidental.
Tercero, los argumentos de Benedicto XVI van al meollo de la crisis de la civilización europea. Ha forzado un debate público y abierto sobre preguntas fundamentales a las que los sesentayochistas invariablemente hacen caso omiso.
Su famosa conferencia de Regensburg en 2006, por ejemplo, no solamente sirvió para iniciar el tardío debate sobre el entendimiento de Dios que tiene el islam, sino que también supo distinguir que los problemas de Europa emanan en parte del entendimiento truncado que tienen los europeos modernos sobre la naturaleza de la razón.
¿Está teniendo impacto Benedicto XVI? Jürgen Habermas, el filósofo alemán ateo, ampliamente reconocido como el padrino intelectual de 1968, ciertamente está prestando atención. Arguye que Benedicto XVI está haciendo preguntas acerca de la razón humana que los europeos no pueden evitar si Europa ha de tener un futuro.
Seguramente Voltaire estará revolviéndose en su tumba al saber que el apóstol de la razón en la Europa del siglo XXI –razón en toda su plenitud, en lugar de una comprensión constreñidamente técnico-utilitaria– es el pontífice romano. Muchos sesentayochistas se burlan en privado de Benedicto XVI, convencidos de que él y el cristianismo son irrelevantes en el mundo feliz y más bien poco europeo que han creado. Sin embargo, parecen olvidar que Benedicto XVI está manifiestamente desinteresado en los titulares de mañana. Él piensa en siglos.
La estrella polar intelectual de Benedicto XVI es San Agustín. San Agustín murió en Hipona en el año 430 D.C. mientras esa ciudad norafricana estaba sitiada por los invencibles vándalos. No obstante, las ideas de San Agustín sirvieron para moldear de forma fundamental la civilización occidental. Los vándalos –y la herejía ariana que defendían– finalmente desaparecieron en el polvo de la historia.
Quizás, como Shakespeare escribió, "el pasado es un prólogo".
Samuel Gregg, doctorado en Filosofía por la Universidad de Oxford, es director de Investigación del Instituto Acton y autor de The Commercial Society (2007).
*Traducido por Miryam Lindberg del original en inglés.

http://iglesia.libertaddigital.com/articulo.php/1276234658

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