miércoles, noviembre 28, 2007

Juan Urrutia, Corre, corre, que te pillo, chocolate, molinillo...

jueves 29 de noviembre de 2007
Corre, corre, que te pillo, chocolate, molinillo...
Juan Urrutia
U N grupo de expertos en la materia ha propuesto en el congreso que la velocidad máxima en autopistas y autovías sea limitada a ciento cuarenta kilómetros por hora. Como conductor excesivamente habitual tengo mi opinión al respecto y, si no hacen nada por evitarlo, temo que voy a contársela. Por una parte casi todos los vehículos de hoy día pueden circular en ese margen kilométrico con seguridad, hablo de mecánica, claro. Frenan en distancias cortísimas, se mueven con la agilidad de un gamo y su habitáculo resiste hasta los tiros de cañón. Pero somos humanos y tenemos defectos, nos fallan los reflejos, perdemos la calma y circulamos con coches que no siempre están en perfecto estado. Sin embargo el peor de los defectos humanos al volante es, sin duda, nuestra absoluta incapacidad para sobrevivir a un porrazo que se produzca a ciento treinta kilómetros de velocidad, de qué sino. Si todos guardásemos la distancia de seguridad, circulásemos por nuestro carril, evitásemos las maniobras bruscas, anunciásemos nuestras maniobras intermitente mediante y mantuviéramos nuestros queridos trozos de hojalata rodantes en perfecto estado, al menos en lo que a seguridad se refiere, no habría problema, los golpes serían mínimos. La cuestión es que al subirnos al automóvil perdemos la educación y la sensatez. Todos aquellos de ustedes que conduzcan con regularidad sabrán a qué me refiero. Cabe resaltar el motivo esgrimido por los entendidos viales para proponer tal medida: quieren subir el límite de velocidad para evitar que los conductores rebasemos el existente, para animar al circulante a no infringir las normas. Lo sé, se lo esperan, pero voy a hacer la comparación de turno por previsible que esta sea: no sería lógico legalizar el atraco a mano armada para reducir la delincuencia. Igualmente, las razones para aumentar o reducir la limitación de burrería en el asfalto deberán obedecer a criterios basados en estudios sobre la siniestralidad, las condiciones del parque móvil y la paella de cangrejo. Sinceramente me pregunto para qué es necesario correr más, infartos de miocardio aparte. A las velocidades que marca el reglamento se llega en un tiempo razonable a cualquier parte. No piensen que hablo así porque conduzco como una tortuga y me tiemblan las piernas cada vez que subo a mi vehículo particular con objeto de acudir a una recepción cualquiera en el palacio del Pardo, no, de hecho me gusta correr, pero no lo hago, y es que he visto demasiados accidentes a lo largo de los muchos miles de kilómetros que llevo a mis espaldas y en múltiples ocasiones me ha faltado poco para perder la vida, o peor, hasta el bigote, por culpa de conductores ebrios, imprudentes o insensatos. Como conclusión final diré que hasta que los españoles no aprendamos a conducir —una cosa es controlar el coche y otra conducir, la segunda implica sensatez— todo automóvil debería incluir de serie unos electrodos estratégicamente colocados para producir una potente descarga allí donde más duele en cuanto el coche alcanzase una velocidad superior a los estupendos ciento veinte kilómetros por hora que nos permite la ley.

http://www.vistazoalaprensa.com/firmas_art.asp?id=4296

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